EL GOLPE DE ESTADO COMO ESPECTÁCULO. Materiales para una teoría crítica del poder

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2020

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ED. EL GARAJE, ENSAYO

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Resumen

De todos los modos de organización política, el Estado Moderno ha sido el que ha alcanzado la mayor perfección sistémica. Como una bola de nieve, desde que nació allá a finales de la Edad Media, ha ido acumulando poder hasta convertirse en la máquina de dominación más perfecta jamás concebida. Sin embargo, también desde sus orígenes, el Estado, los estados, tienen un punto débil, es el momento del cambio político. En esos momentos de sustitución del poder, ya sea por la muerte del rey, la crisis de un gobierno, el agotamiento de una legislatura, el surgimiento de otras fueras o la pérdida de confianza en la mayoría, y que inevitablemente se dan cada cierto tiempo, el aparato político entra en una crisis que amenaza con destruirlo. Los juristas, como los sacerdotes de las viejas religiones, se aprestan a borrar esos detalles. La ideología, la propaganda y el derecho se afanan en cubrir, con el velo de la legalidad, las vergüenzas del emperador desnudo. Sin embargo, son momentos de horror repletos de violencia. Walter Benjamin los describe como la confrontación entre el poder constituido, empeñado en negar todo cambio, y un poder constituyente que busca abrir nuevos ciclos. Es a esto a lo que llamamos “cambio político” y a lo que el autor, analizando las fortísimas dosis de violencia física y simbólica que se movilizan, denomina “Golpe de Estado”. Este libro viene a hablar de estas vulnerabilidades, de los riesgos que asaltan al sistema en esos momentos liminares, pero sobre todo también nos habla de la ideología que han ido desarrollando los juristas y teóricos para ocultarlos. Estos momentos de cambio se presentan bajo la forma del espectáculo, y que es el eje que estructura este libro. En el espacio de occidente constituyen de siempre el mayor espectáculo del mundo. Entre fiestas y celebraciones, como en el circo romano -metáfora perfecta de ese golpe de estado- la sociedad viene siendo educada para, diferenciando el espacio del público de la escena y sus actores, asumir un poder que la domina. En medio de esto, sin embargo, se cuela también otra enseñanza: la auténtica democracia, es decir, la realidad de un poder asentado en el pueblo, solo llega cuando esos espectadores irrumpen con descaro en el espacio del juego.

Descripción

En el complejo panorama editorial al que nos ha conducido la Pandemia del Covid-19 hay una obra que destaca y que me ha interesado especialmente. Me refiero a estos “Materiales para una teoría crítica del poder” que el profesor Oliván publica bajo el título de EL GOLPE DE ESTADO COMO ESPECTÁCULO. El combinado de los dos títulos que recoge la portada del libro ya nos da algunas claves, estamos, como vamos a tratar de desglosar en este artículo, ante una obra de un cierto carácter bifronte, por un lado nos encontramos ante un libro sin duda científico, es decir, un instrumento, me atrevería a decir que magnífico, para ese análisis del poder (análisis verdaderamente urgente y necesario, dado sobre todo los tiempos que nos está tocando vivir), pero también estamos ante una obra de fuerte carácter literario. A ello vamos. *** Son tres los factores que quisiera reseñar en este comentario del libro. Dejo a la lectura del mismo ese desentrañar la totalidad de sus contenidos, pues, nuevamente, como ya nos hizo en anteriores libros, el profesor Oliván resulta enormemente creativo. Pero como digo, para esta nota me conformo con proponer estos tres aspectos que no solamente llaman poderosamente la atención, sino que resultan sumamente interesantes. De entrada, como decimos, ese sustrato inequívocamente científico. Oliván viene diseñando desde hace ya varios años toda una línea de investigación que ya empieza a dar grandes frutos. Estamos ante un trabajo que profundiza en la sustancia del poder en el espacio del estado como lo hacen pocos. Su mirada, aunque va dirigida a la realidad actual que vivimos, ese es su principal interés, se levanta, gracias a una erudición ya poco corriente, sobre el análisis de casos y acontecimientos de todo nuestro espacio cultural. Sin embargo, en esta obra no se busca un discurso cerrado y completo, tal y como hace, por ejemplo, en su última publicación, “La democracia inencontrable”, aquí su propuesta queda más abierta, la brevedad de los capítulos y su división interna manifiestan ya una voluntad fragmentaria alejada del modo sistema, lo que le permite, a través de un trabajo no excesivamente largo -unas ciento ochenta páginas- hacer un recorrido de gran profundidad sobre una multitud de aspectos. En todo caso, van a ser dos los ejes temáticos sobre los que trabaja su reflexión. De entrada, el tema del cambio político, es decir, esos momentos en los que, dentro de esa unidad de poder constituida por el estado, se produce la sustitución de la cabeza ejecutiva. El estado, esta es la tesis central del autor y sobre la que viene trabajando desde hace más de una década, ha funcionado bajo la mecánica de la bola de nieve. Nacido allá a finales de la Edad Media, se nos presenta en un principio como un aparato pequeño y débil, para ir acumulando poder, vuelta a vuela, siglo a siglo, hasta convertirse en la máquina de dominación más perfecta jamás concebida por la historia. Como anota el editor en la contraportada, el estado moderno es el modo de organización política de más alta perfección sistémica. Con ello se avanza en una lectura que ya encontró su análisis teórico en “Antropología de las formas política en occidente”, el carácter artificial del modo estado. Frente a otras formas de organización social, la familia, la tribu, la gens, la horda, por ejemplo, donde de una forma u otra podemos detectar fundamentos que pudiéramos denominar “naturales”, en el caso del estado estamos ante una construcción radicalmente artificial, un modo de organización comunitaria diseñado desde un principio para el control de la comunidad política y la expansión de esta dominación. Es decir, el estado tiene una fecha de nacimiento y, por ello, posiblemente tendrá también un momento de extinción. Oliván data el acontecimiento de ese nacimiento en ese tiempo que la historiografía clásica denomina Baja Edad Media y Renacimiento, es decir, entre los siglos X y XIV. Con ello el modo estado se distingue, por un lado, de esas otras formas a las que hemos calificado de “naturales” y que el profesor Oliván vincula al derecho privado, tales como la esfera de la familia, pero también de esas otras formas asociadas a lo que el autor denomina “El milagro griego”, es decir, la polis su invención de lo público. Público y privado se oponen así, no solo como las dos esferas de convivencia social, sino como dos realidades históricas que desarrollan dos formas radicalmente distintas de organizar el poder. La tesis de Oliván es que, el estado, aún naciendo dentro de la realidad de ese modo configurado por la política (es decir, en el marco del espacio público) recrea, en su cúpula, las formas privatistas de organización del poder. En definitiva, tras el fracaso de la polis con la crisis del Bajo Imperio, y que se arrastrará a lo largo de toda la Edad Media, en esos siglos que van del X al XIII se diseñará, fruto del trabajo de las Universidades y con el apoyo del descubrimiento del Corpus Iuris Civilis justinianeo, un nuevo modo de organización política: el estado moderno. Ahora bien, también desde sus orígenes, el Estado, los estados, tienen un punto débil, es el momento del cambio político. En esos momentos de sustitución del poder, ya sea por la muerte del rey, la crisis de un gobierno, el agotamiento de una legislatura, el surgimiento de otras fueras o la pérdida de confianza en la mayoría, y que inevitablemente se dan cada cierto tiempo, el aparato político entra en una crisis que amenaza con destruirlo. Es ahí donde el autor centra su análisis pues es en esos momentos de cambio cuando el cuerpo del estado se contempla en su máxima desnudez. Los juristas, como los sacerdotes de las viejas religiones, nos dice, se aprestan a borrar esos detalles. La ideología, la propaganda y el derecho se afanan en cubrir, con el velo de la legalidad, las vergüenzas del emperador desnudo. Sin embargo, son momentos de horror repletos de violencia. Walter Benjamin los describe como la confrontación entre el poder constituido, empeñado en negar todo cambio, y un poder constituyente que busca abrir nuevos ciclos. Es a esto a lo que llamamos “cambio político” y a lo que el autor, analizando las fortísimas dosis de violencia física y simbólica que se movilizan, denomina “Golpe de Estado”. Si este es el eje central que unifica esta obra con anteriores trabajos, hay aquí también un nuevo eje, justamente ese que da razón de ser al título del libro: “El golpe de estado como espectáculo”. Es decir, frente a los otros modos de organización social de tipo familiarista, es decir, esas tribu, gens, horda, etc., donde el cambio se produce siempre en la intimidad de “la casa” -Oliván lo describe como la alcoba-, en el modo estado esos cambios requieren de una espectacularidad propia. Es decir, en el modo estado, esos momentos de cambio se presentan bajo la forma del espectáculo. Una teatraldad que, en el espacio que ocupa occidente, constituyen desde siempre el mayor espectáculo del mundo. Para explicar este fenómeno, Oliván recoge un viejo mito que sobrevivirá en Roma casi hasta tiempos históricos, el conocido como “Rey del bosque”. Frazer, en “La rama dorada”, nos describe esta leyenda del siguiente modo. En la región de Nemi, entre los montes Albanos, había una tradición que, a nuestra mentalidad, resulta absolutamente incomprensible. En el bosque vivía un ermitaño que era reverenciado como un verdadero rey, sin embargo, estaba sometido a una ley inexorable: para alcanzar ese reinado tenía que asesinar al anterior titular del reinado. Con este crimen se convertía en rey, pero a la vez sabía que, en algún momento, otro con mayor fuerza o fortuna le asesinaría, convirtiéndose, como le sucedió a él en su momento, en el nuevo Rey del Bosque. La crueldad de este mito no oculta, sin embargo, una enseñanza interesante: la institucionalización de la violencia. Una violencia convertida en ley. Oliván aprecia ahí el origen mítico si no del sistema estado, sí al menos de su sistema de cambio de poder. Es lo mismo que estemos ante una sucesión monárquica, o cambio de mayorías, el resultado de unas elecciones o, directamente ante un pronunciamiento militar, en todos ellos, en esos momentos de cambio, el poder deja abiertas sus vulnerabilidades y, con ello, la fragilidad de todo su aparato. La función de la ideología, con sus juristas y sacerdotes, no ha sido otra que ocultar esta debilidad sistémica. El convertirla en espectáculo, esta es la tesis de Oliván, ha sido quizá, su mejor hallazgo. *** El segundo factor, de esos tres que anuncio al principio, no es otro que una interesantísima propuesta lingüística. No quiero alargarme sobre este punto. El lector encontrará un buen manojo de casos. Como venimos insistiendo, para Oliván el lenguaje es parte sustancial de la realidad social, y por ello es un instrumento básico en la acción política. Los términos no son nunca neutros. La guerra por una democracia real encuentra ahí, en el vocabulario, uno de sus escenarios más tensos y nuestro autor no elude esta batalla. Recojo, como mero ejemplo, dos casos. Me ha gustado especialmente una propuesta en un tema muy actual. Frente al uso normalizado de términos como “violencia de género”, incluso de “violencia machista”, y que ya empiezan a perder su carga militante, nos propone el concepto de “violencia patriarcal”. Para Oliván el conflicto no está ni en el espacio de la pluralidad de identidades, eso de los géneros, ni en la condición biológica, sino en la vinculación de esas diferencias con los modos de dominio, de ahí que opte por el concepto de “violencia patriarcal”. Al identificar esa violencia con los usos patriarcales alcanzamos a comprender su proyección, no solo contra la mujer, sino también contra todos los sujetos históricamente sometidos a su dominio. El otro uso lingüístico que anoto es la distinción, con fuertes dosis de benjaminismo, entre “violencia” y “brutalidad”, a la que a veces denomina también “bestialidad”. Con ello, Oliván busca salvar el concepto de violencia de una condena sin matices, ese “rechazo la violencia venga de donde venga” que tanto gustan decir los malos políticos. La violencia, esa es su tesis, no solo puede ser buena y creadora, también es, en no pocos casos, necesaria, es el caso de esa “violencia constituyente”, o de esa violencia -pienso en el Rey del Bosque- que permite, a lo largo de siglos y generaciones, la subsistencia del estado. Frente a violencia, Oliván nos propone, como ya hemos dicho, el concepto de brutalidad/bestialidad. Frente a una violencia vinculada al espacio público, éste segundo concepto remite a los espacios privados de la familia y la casa. No sin humor nos dice así que el golpe de Franco no fue violento, ya que el general renegaba de la política, sino que fue directamente brutal. Con su golpe de estado no solo destruyó el espacio público construido por la República, sino que sometió a todo el país, como nuevo monarca, al dominio de su casa: la Casa del Generalísimo. *** El tercer factor que resalto, y aunque lo dejo para el final, es al menos para mí, quizá, el más importante, es el tema del estilo. Me explico. Ya en un anterior libro, “Antropología de las formas políticas en occidente”, Oliván se planteó las relaciones entre filosofía (y aquí incluía el espacio específico de las ciencias) y literatura, proponiéndonos una lectura común, y en cierto grado homogénea, entre todas las formas de expresión del espíritu (en esa obra nuestro autor incorpora también los objetos intelectuales que constituyen la economía, la política y la misma religión, manifestaciones, nos insiste, del acontecimiento artístico) No es este el tema sobre el que reflexiona este libro, pero me viene a la mente este asunto por esa inequívoca voluntad de estilo que, si en trabajos anteriores se refleja en el cuidado de la expresión de frases y temas, en el presente caso pasa a convertirse en verdadero protagonista de la escritura. En definitiva, estamos ante un texto que no rehúye, en absoluto, la voluntad literaria. Anoto esto porque, día a día, los textos de vocación científica se alejan cada vez más de una auténtica calidad en la escritura. Esta obra, por el contrario, manifiesta expresamente su voluntad de estilo. La obra juega así, explotando el tono irónico, con la realidad política configurándola bajo el formato de las reglas del teatro. Esto da pábulo al autor para, como hemos dicho, titular algunos de los capítulos del libro: “el escenario”, “los protagonistas”, “el coro”, “la trama”, “los ritmos”, etc. esto le permite explotar, con enormes dosis de libertad, la función teatral de todo poder. Pero también, con ello, se permite colar otra enseñanza: la auténtica democracia, es decir, la realidad de un poder asentado en el pueblo, solo llega cuando esos espectadores irrumpen con descaro en el espacio del juego.

Citación

OLIVAN, F., El golpe de estado como espectáculo. Materiales para una teoría crítica del poder. ED. EL GARAJE. Madrid (2020)

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